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No sé cuantas noches pasé delante de aquella extraña figura, aquella que miraba sin compasión recordándole a mis ojos su terrible secreto.
No sé cuantos días podré seguir aguantando tanta aparente ingenuidad, ni tan siquiera a qué hora marchará el pequeño demonio que me hace escribir aquello que ni tan siquiera soné escribir una vez muerto.
Tal vez con el tiempo; con mi tiempo y parte del tuyo, con tu sonrisa que no entiende de mentiras, con tu mirada alcanzando su mínima expresión de órgano visual.
Por tu risa y tu llanto, por las vidas de los que murieron sabiéndose ignorantes.
La rabia de los que no lucharon.
La impotencia del que lo hizó y perdió.
El llanto mio, que nunca supo fingir
y mi risa que parecía harta de perderse entre cobijos alejados de su destino.
Saber. Creer. Pensar. Conocer. Admirar.

Tan solo palabras que se mezclan y pierden su sentido. El mismo sentido que pierdo al utilizar un minuto en pensar en ello.
Creo pensar que sé admirar aquello que conozco. ¿Sé? ¿A caso merece la pena saberlo? Ciertas incógnitas de nuestra vida es mejor dejarlas ocultas, pues son el respiradero del alma encarcelada en eso que llamamos cuerpo.
Cuerpo. Mente
Necesito moverme para que mi espíritu venga conmigo, para que no piense -aún siendo cierto- que está preso. Debo alimentarle de todo tipo de comidas nutritivas (más incógnitas). Al final es lo único que éste necesita para vivir. Sólo dudas, incógnitas, interrogantes en la certeza de su inexistencia física.
El espíritu es como el niño al que hay que mantener ocupado, pero que a la vez se sienta travieso. Es en este momento cuando el niño travieso se convierte en el duende que maneja la pluma y el papel, los sueños, las ilusiones, pero sobre todo la incertidumbre.
Certeza. ¿Certeza de qué? No hay nada seguro, nada fiable, todo trancurre sin nuestro control. Todo es aleatorio, ocasional (o al menos todo aquello de lo que podemos darnos cuenta sin quitarnos la venda), pero sin embargo las esencias se comunican, transfieren sus experiencias, enriquecen a otras esencias. Y es aquí donde nada es fortuito, de la misma forma que necesitamos comer, las almas necesitan ese intercambio que el cuerpo en el que yacen les niega.
Y mientras transcurre esta noche, ella saldrá y recuperará la consciencia de su independencia.
[Reedición de un texto de 2002]