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El boleto 05/01/04 10:47:08

20.08.08

Permalink 14:29:55, Categories: Personal

Tenía tanto tiempo por delante ¡Una vida!, tantas cosas por hacer, gentes sencillas y agradables a las que conocer, pequeños caprichos que concederme, grandes metas que alcanzar... pero me tuvo que pasar a mí. ¡A mí! Con la mala pata que suelo tener siempre con estas cosas. Aquel, aquel repelente niño, aún perplejo por el cambio de entonación en su melodía: "quinientos millooooneeesss deeeeee peeeeseeeetaaassss" pasaban a ser "tres millooooneeeesss de euuuuuros". El mismo niño con las mismas orejas de soplillo que en años anteriores canturreaba sin llevarse de mi más atención que la necesaria para cambiar de emisora. Él mismo me había jodido la existencia.

unluckyYo trabajaba en una humilde y agradable oficina, amigo de mis amigos, hijo de mis padres, novio de mi novia, moderado bebedor, deportista. En fin, un españolito medio con problemas para llegar a fin de mes. Ese día me había levantado de muy mala hostia, con un presentimiento de desgracia. Me duché -el agua salía caliente-, bajé a la calle -ni un solo atisbo de atropello-, cogí el autobús -a la hora- y llegé al trabajo. Todo hacía pensar que la desgracia ocurriría allí mismo. La semana anterior había copiado un informe antiguo y falsificado un par de firmas a las que ya no tenía acceso. ¡Ese! Ese sería mi final. El jefe se daría cuenta, me abriría un expediente sancionador, llegaría a la dirección de la empresa y entonces, entonces me encontraría en la santa calle, con dos padres que atender, una novia, unos amigos y una media botella de ginebra.

Pero no. Antes de que mi superior clavara su mirada sobre los informes, sucedió. Aquello fue realmente peor que un despido con patada en el culo: 22 de diciembre, sorteo de navidad, toda la oficina pendiente y yo rezando para que mi jefe no se enterara del asunto de las firmas. Entonces, aquel Satanás disfrazado de inocente alevín, pronunció las mismas cifras que aparecían en mi boleto. No lo celebré, no levanté la cabeza, no fruncí las cejas, no miré a mis compañeros de trabajo, no respiré, mi corazón no latió... nunca más. Y es que no debí encontrar un momento peor en toda mi vida para sufrir un infarto de miocardio, una lástima.

(Texto basado en algún hecho real)

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