| « Soneto 31/12/03 12:29:25 | Navidad 23/12/03 10:10:16 » |
Una vez, de pequeño, tuve un sueño. Volaba por encima de las gaviotas que protegen la mar. Mis brazos giraban suavemente en la dirección elegida y mis pies flotaban como marcando pasos de Charlestón. Desde ese extraño mar, los objetos parecían mayores según te alejabas de ellos y todas las demás reglas de la naturaleza, como la gravedad, eran ignoradas sin mayor preocupación. Era curioso ver las figuras que marcaban mis compañeras de viaje; cada una, vestida de un color diferente por la Aurora, formaba junto a las costas un mosaico de rojos, anaranjados y verdes colores.
Tenían un canto especialmente dedicado para cuando acontecía tal suceso. Entondes todas quedaban suspedidas en el aire, con sus ojitos de gaviota fijos en el centro del gran círculo que formaban, y que poco a poco se iba haciendo mayor con la presencia de las sirenas que se acercaban para observar el espectáculo. Éstas emitían un sonido similar al de una flauta travesera, pero también parecido al de un gran Bong. Sobre esta base, las compañeras leían la partitura que quedaba dibujada en las olas del mar, que si bién recordaba a Tchaikovsky, era más parecido a dormir sobre la hierba en una noche de verano.
Tras una breve introducción, se producía el hecho más esperado por la Luna, que asomaba discreta tras las nubes para copiar sus sonidos y reproducirlos cuando es de día y nadie la escucha, pues es realmente tímida; todos nos desplazábamos hacia una isla construida de luces de luciérnaga, como atraidos por su suave olor a libro recién estrenado. Era aquél un extraño mar, en el que sólo vivían sirenas y crecían corales de color atardecer.
Las sirenas me llevaron a su refugio secreto en donde escodían su mayor tesoro, protegido por una legión de fieles caballitos de mar, armados con estrellas y otras terribles armas arrojadizas. Por dentro todo parecía despedir una luz azulada y la cara de Nereo quedaba formada por pequeñas piedrecitas puestas a drede sobre el fondo marino.
Entonces las sirenas sacaban de su tripa, cual canguros, una trompeta marina cada una, los caballitos cambiaban las estrellas por saxos tenores marinos y las gaviotas hacían rápidos círculos sobre el mar para formar un gran remolino de corales y algas a modo de Coliseum romano. Ese era el momento en el que todos presenciaban la apertura de la cueva del tesoro; sobre una alfombra de peces multicolores y rodeada con coronas de cangrejos cojidos de las patitas, Atenea trasportaba miles de gajos de sol cojidos con una cinta de oro. La música sonaba, primero bajito, más tarde las notas de Coltrane resonaban en todos los mares. La Aurora cada vez bajaba más y todos quedaban iluminados con su luz. Era entonces cuando Atenea entrelazaba los gajos de sol, lentamente los tejía sobre la cinta de oro. Coltrane seguía en un trace improvisativo. Las gaviotas, de la velocidad, se habían convertido en dragones y el Coliesum era ya una ciudad entera. Miles de criaturas acompañaban con instrumentos todavía sin nombre a los caballitos y sirenas.
Tras varias horas continuadas de baile y música (lo que los humanos conocemos como "maremotos") Galatea, Psamate y Tetis anunciaban con grandes cuernos el final de la ceremonia. Atenea ya había concluido su trabajo y la Atmita estaba concluida. Era el momento en el que debía ser llevada a la costa para recibir su primer baño de arena dorada. En ese instante recibía apariencia humana y la protegían con conchas de los más bellos colores. Pero todas las atmitas -y especialmente ésta- quedan marcadas con ciertos rasgos que, si tienes ocasión de observar atentamente, delatan su constitución de rayo de sol y su brillante corazón de lazo de oro.
A los 27 meses celebrando el día 27