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Son estas entrañables fechas las que más asco me dan de todo el año. Y ya no es sólo que he gastado todas mis vacaciones y no me quedan días libres; tendré que ver a esa parte oculta de mi familia, a la que a fuerza de no verles, cada vez odio menos. Les preguntaré sin el más mínimo interés qué es de su vida, y sin escuchar su respuesta, les contestaré que me alegro. Cenaremos en total e hipócrita armonía y hasta el 2004 por las mismas fechas.
Las plazas se llenan por en esta época de pequeños puestecitos de artesanos malpagados, vendiendo a precio de oro los pequeños artefactos que pequeños niños manufacturan en sus pequeños -económicamente- paises de origen. Los carteles de las calles vomitan bonitas y dulces caras que, con expresión de orgasmo, nos enseñan cual es el perfume que nos hará triunfar en la vida.
La nochevieja siempre será la excusa perfecta para pegarnos el atracón de todo tipo de drogas. ¡Ah! Pero ese día hay que aguantar por lo menos hasta los churros. Si recuerdas algo de esa noche, es que ha sido malísima. El año siguiente deberás consumir dosis más altas de tu droga preferida.
Es precioso ver los balcones del vecindario copados de espíritu navideño, con sus lucecitas y sus villancicos embebidos en un osito verde. Mientras tanto, en el interior, los padres se tiran de los pelos porque si compran pavo y langostinos, su hijo deberá conformarse con la ultimísima consola PlayFool,Play(tm) en lugar de una moto con la que estrellarse contra el camión de Freixenet y las “brubrujas”.
En fin. Feliz falsedad