Estoy realmente enfadado conmigo mismo. No estoy donde quería llegar, ni mucho menos. He tratado, durante los últimos años, de conseguir todas aquellas metas que supuestamente me harían sentir bien, que me aproximarían a ese concepto totalmente abstracto de felicidad.
Ahora, mientras pienso lo que he conseguido, no puedo evitar esbozar una sonrisa de autocompasión. Pobrecito. Me siento engañado por una cultura que trata de evitar a toda costa la felicidad en cualesquiera de sus formas; todo son jodidos retos, siempre demostrando lo que vales, ocultando las flaquezas. Por ser afortunados sólo tenemos que partirnos el lomo 40 horas a la semana. Gracias. Me han dicho que ya no hay espacio para ese animal con sentimientos llamado Hombre.
Aunque estoy de acuerdo -lobotomizado o no- en que las cosas realmente buenas cuestan un esfuerzo en relación, cada vez encuentro los mejores placeres en aquello que no he buscado y que mucho menos esperaba encontrar. Esos pequeños detalles de los que ni siquiera eres responsable, efímeros momentos que, sin saber ni como ni porque, son capaces de alegrarte el día entero sin haber hecho nada para merecerlo. Esto me rompe muchos esquemas.
Nos han vendido, disfrazado de regalo, el concepto de que la felicidad se obtiene realizando una serie de acciones estándares: Un bonito manual de instrucciones para sentirte mejor y de paso, pensar menos. Pero pasa el tiempo, pensar es inevitable y te das cuenta de que el manual falla desde el prólogo: No has conseguido absolutamente ni un gramo de felicidad siguiendo el que supuestamente sería el camino adecuado. Y en ese momento ¿qué haces?. Absolutamente nada, has ido tan lejos que mirar hacia atrás para desandar tus pasos da auténtico vértigo. Tenemos tan arraigado el Ideal que nos lo comemos con el aliño que más nos guste.
Que cada cual se sienta libre desviándose lo poco que nos dejan de ese manual, pero me cuesta horrores sentirme libre -no ya feliz- en esta mierda de sociedad prefabricada y sin apenas grietas en los cimientos. Tanta locura, violencia, envidia, incultura -por hablar de ciertas características del mundo @ccidental- no son más que algunos de los efectos secundarios de haber mamado esta leche infecta fabricada a base de inhumanidad, dolor, opresión, hambre y muerte que tanto nos sobran en este planeta. Todo mi asco y profunda desaprobación sea con los causantes de esta forma de existencia.
Buahh.
Hacía mucho tiempo que no hablaba contigo, aunque tengo la sensación de que no me escucharás ahora. Eres una de las pocas personas que ha conseguido grabar en mi débil memoria un retrato exacto de tu rostro, así como de tu voz. Puedo invocar ambas cosas cuando quiera y será como tenerte enfrente, sentado tranquilamente tomando vino antes de echarte la siesta.
Recuerdo, cuando éramos unos años más jóvenes -tú tenías algo más de pelo y yo apenas levantaba unos palmos del suelo- me gustaba acompañarte a hacer la compra. Todos los jueves aparecía por tu casa, donde me esperaban las mejores sonrisas que me han podido regalar. Sonrisas que acompañaban esa mirada inteligente y sabia que sólo la experiencia es capaz de labrar, sonrisas que dejaban entrever una armonía completa con todo lo que te rodeaba.
No he conocido nunca, y dudo que lo haga, a nadie con tanta pasión por la vida, por la superación. Tu constante lucha contra la inactividad, contra el pasotismo y la desidia merecen la más exagerada de las reverencias. Tú me descubriste maravillosos atardeceres y amaneceres en la dehesa, caminando con la serenidad y la calma que te caracteriza, con la vista en el horizonte, los pies en el suelo y el corazón en tu gente.
Cada una de estas palabras es una lágrima que no supe dejar caer en su momento, es mi llanto esteril por no haberte demostrado mi aprecio antes, es mi promesa de seguir tus pasos allá donde los dejaste, es un “gracias por todo”.
Supongo que te gustará saber que el legado que me dejas no es sólo genético, es mucho más rico: Me dejas tu forma de ver la vida, tus experiencias, tu recuerdo, tus risas y tristezas, los poemas de tu infancia, tu alegría... pero sobre todo, una meta muy alta a la que llegar.
Te quiero. Adios.
Esta mañana llegué al trabajo como todos los días; tarde. Mis fosas nasales detectaron el nocivo olor del tabaco nada más entrar en la oficina, así que raudo me dispuse a abrir las ventanas, ya que el aire acondicionado no es suficiente para ventilar una sala de cien metros cuadrados donde fuman casi seis personas. Cogí el pomo y sintiendo la mirada de odio de los compañeros más frioleros, entreabrí dos de las ventanas para que la ansiada corriente invernal purificara el ambiente.
[Sé que me odian. No ya por el día en que mandé un correo a toda la oficina con la foto de unos pulmones realmente asquerosos y destrozados por el mal hábito, ni por mis incansables alusiones a la muerte lenta y dolorosa. Tampoco creo que mi perpetua cara de perpetuo gilipollas sea el origen de semejante rechazo. Un día pensé que pudiera ser porque no doy ni chapa, me paso el día entero viendo páginas de internet, mientras mis subordinados se matan por sacar el curro. Pero la idea me pareció suficientemente equívoca como para rechazarla de plano.]
Y ahí, en mi silla y ante la pegatinita de "Cansado de ser FUMADOR PASIVO"
[Un día algún cabrón cambió la palabra FUMADOR por TRABAJADOR]
pasé la mañana entera sin hacer más trabajo que el estríctamente necesario, es decir, mirar la pantalla. Transcurrió así el día hasta la hora de comer, comí y de vuelta al trabajo me esperaban mi jefe y su superior: "Hemos decidido que te vas a la **** calle" me dijeron. Y yo, claro, no podía preguntar el porqué de semejante estropicio laboral, bajé la cabeza hasta que la barbilla tocó el ombligo, y con el rabo entre las piernas me despedí de mis alegres compañeros con un sencillo -pero emotivo- "La empresa ha decido prescindir de mi... así que... bueno, pues... que os vaya bien. Adios"
Me han contado que uno de mis excompañeros intentó organizarme una despedida, comprar algo y esas cosas, pero al parecer no ha tenido demasiados apoyos. ¡Ahí se mueran todos de cáncer de pulmón!(Si no por el tabaco, por las corrientes extremas de aire que han soportado durante dos largos años)
Si vivo 80 años, habré pasado durmiendo 27 de ellos al final de mis días. Teniendo en cuenta que los 10 primeros no los recuerdas, que los 6 siguientes no los aprovechas, que en los 20 últimos no puedes hacer nada y que de los que están en medio, la mitad te los pasas trabajando... nos queda que tenemos una vida activa bastante breve si nos está resultando amena.
Bajemos un poco la escala del tiempo y hagamos cifras. La situación es casi más agobiante: Tenemos que de las 24 horas del día 8 las pasamos durmiendo, otras tantas en el curro, 2 más para el transporte y otras 2 para alimentarnos. ¿Cuanto nos queda? Pues la insignificante cifra de 4 horas para desarrollar nuestra vida. Si te encuentras en la extraña situación de tener amigos, pareja y además una afición cualquiera ya la hemos jodido.
No, no he entrado en la crisis de los 30, ni me encuentro viejo, no se me cae el pelo ni tengo enfermedades degenerativas, no me ha dejado la novia ni se me ha muerto el perro. Me encuentro de maravilla, pero... ¡NO DUERMO!. No, no tengo insomnio, ni vecinos ruidosos, ni mi colchón con pulgas, tampoco padezco incontinencia renal. Pero las ojeras juguetearán dentro de poco por debajo de mi barbilla si alguien no me ata a una cama o me demuestra que la vida es más aburrida de lo que yo la veo.
Hace algún tiempo descubrí que había cosas que me provocaban una sensación extraña, una atracción desinteresada, una química, lo que se suele denominar normalmente interés, y que haciéndolas me sentía mejor e incluso a veces beneficiaban a otras personas. También descubrí que eso de las aficiones era muy adictivo, y que normalmente vas teniendo más según las conoces... me dí cuenta de que ya formaban una parte muy importante de mi vida. Vivía para ellas pero también con ellas y eramos todos felices, una especie de simbiosis en la que yo aprendía y ellas robaban mi tiempo.
Pero pasó el tiempo y las cosas empezaron a ir mal. Una fuerte discusión con mi buen amigo el sueño acerca de la división del tiempo fue el catalizador de una guerra que aún hoy sigue en su apogeo. Las aficiones atacaban con toda su artillería al sueño. Miles de bombas de actividad cayeron sobre el reino de Hipnos y sus territorios fueron mermando hasta quedarse convertidos en una pequeña porción de lo que antaño sería un gran imperio. Cada vez nuevas aficiones aliadas ocupaban las horas salvajemente. Primero cayó la ciudad de Siesta, más tarde cayeron las famosísimas Sábado Mañana y Domingo Mañana.
Ahora mismo la situación es complicada, los generales activistas han acorralado a los pocos y debilitados Señores del sueño en el pequeño castillo de Seis Horas. Únicamente cuando éstos reunen fuerzas suficientes se lanzan a la reconquista del terreno perdido y consiguen desplegar un poco sus tropas. Dos días es el tiempo que se mantienen en sus posiciones; luego, inexorablemente huyen de vuelta hacia el castillo más poderoso del reino de Hipnos, aquel que enarbola en cada almena la bandera de los dos ojos cerrados, aquel que antaño se conoció como Palacio de las Diez horas.
Hoy mismo podría morir aplastado contra las paredes de mi cama, y en absoluto sentiría lástima alguna por ello. Estas largas noches sin dormir me acuchillan lentamente por el día. Entro a trabajar de noche y salgo de nuevo a oscuras. No existe el sol, ni más luces que las eléctricas, ni más pérdida de tiempo que el dormir.
Recorro el mismo camino todos los días de forma inconsciente. Vago por los pasillos mecánicamente, arrollado por una masa sedienta de trabajo o temerosa de un despido, quizá ambas cosas. Empujo, soy empujado. Cruzo mi cansada mirada con medio vagón de metro. La mayoría de las caras no tienen mejor pinta que la mía, no tienen mejor pinta que las reses que se tranportan en pequeños camiones. Mi cuerpo es excretado hacia el andén y arrastrado por las escaleras. Soy un sonámbulo perpetuo, consciente y voluntario.
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